Cuando la pasión por la gastronomía local se topa con peligros ocultos: así se resolvió, tras diez años de misterio, el enigma de una misteriosa oleada de casos de la enfermedad de Charcot en una pequeña aldea de Saboya. Olviden los thrillers nórdicos, aquí los protagonistas son las falsas colmenillas y un grupo de habitantes decididos a comer como manda la tradición… ¡sin saber lo que se les venía encima!

Una investigación minuciosa en el corazón de Saboya

Todo comenzó en Montchavin, un pequeño pueblo cerca de la estación de esquí de La Plagne, enrollado en los Alpes y aparentemente ajeno a los titulares, hasta que en 2009 una médica generalista detecta algo inquietante: por tercera vez, diagnostica en un residente la esclerosis lateral amiotrófica (ELA), también llamada enfermedad de Charcot, una dolencia neurodegenerativa tan temida como poco común. Ante la coincidencia, la profesional alerta a los especialistas, que lanzan una investigación metódica, de las que pisan cada piedra del camino (o, en este caso, cada champiñón).

¿El resultado inicial? Un total de 12 casos identificados en Montchavin entre 1991 y 2013. Más de la mitad ya habían fallecido cuando se realizó el estudio. Lo que desconcertó aún más a los investigadores fue que esta improbable concentración de enfermos no se explicaba por vínculos familiares. Todos tenían entre 39 y 75 años y, además de compartir el código postal, compartían amistades locales y -como pronto se descubriría- algo más.

Buscando el «culpable ambiental»

Rápidamente, los expertos sospecharon de una causa ambiental. Se revisaron todas las opciones típicas del manual del detective forense:

  • Rastros de toxinas bacterianas en el agua potable (nada).
  • Plomo en el suministro, radón en los hogares (tampoco).
  • Contaminación atmosférica, pesticidas o metales pesados en la tierra (sin resultado convincente).

Cuando las hipótesis locales no daban frutos, la curiosidad de los científicos cruzó el océano Atlántico y se topó con Peter Spencer, toxicólogo de la Universidad de Oregon. Él ya había investigado siglos atrás (bueno, no tanto, pero muchos años) en la isla de Guam, donde la costumbre de consumir semillas de cícadas japonesas también había desencadenado extraños brotes de ELA en la comunidad local.

Un champiñón con doble filo: la falsa colmenilla

Peter Spencer y su experiencia aportaron una pista inesperada: en lugar de las cícadas, los investigadores recalcan la mirada sobre un hongo conocido y apreciado por los aficionados a la micología: el gyromitre gigante, o falsa colmenilla (Gyromitra gigas). Este hongo contiene toxinas similares en su mecanismo a las de las cícadas de Japón. Los resultados, publicados en el Journal of Neurological Sciences, dejan claro que los 14 pacientes habían ingerido varias veces, años antes, el dichoso hongo, a diferencia del resto de los vecinos de Montchavin, acostumbrados también a comidas campestres, pero menos arriesgadas.

Algunos testimonios, recogidos en la investigación, recuerdan con claridad que tras generosos festines compuestos, entre otras delicias, de verdaderas colmenillas… y de gyromitras, llegaron a sentirse seriamente indispuestos. Los gyromitras tienen la venta prohibida en Francia desde 1991 por su toxicidad potencial, aunque en algunos la nostalgia gastronómica puede pesar más que la ley.

Aprendizajes globales: un aviso para los gourmets atrevidos

No es la primera vez que la relación entre hongos (o plantas) y la ELA llama la atención de los científicos. De hecho, en Finlandia se ha detectado un aumento de la enfermedad en una región donde este mismo hongo es una especialidad gastronómica. El caso de Guam, en cambio, ofrece el modelo inverso: desde que se dejó de consumir la semilla de cícada, los casos han disminuido notablemente. Esto parece suficiente para que, en Montchavin y allá donde alguien tenga la brillante idea de mezclar falsas colmenillas en una cena entre amigos, la recomendación sea simple y directa: mejor abstenerse.

En suma, conviene recordar que en la naturaleza hay placeres que seducen… pero también esconden trampas mortales. Si alguna vez se encuentra tentado a cocinar setas creativas, no olvide que la ciencia y la prudencia son los mejores condimentos. La salud del pueblo de Saboya, hoy lo confirma.