Gravel

INFIERNO EN LOS ANDES

historia ciclismo

Febrero de 2022. Objetivo: enfrentar el rally de ciclismo de gravel autoabastecido. Desde el oriente al occidente colombiano, cruzando las tres cordilleras del país en ocho días. 1.100 km y más de 25.000 metros de desnivel acumulado. Descubrimiento: el camino a la felicidad puede estar lleno de momentos infernales. 

Domingo 20 de febrero: Yopal – Monguí. Inicia la infernal felicidad.  

5:00 am: suena el despertador. Sin pensarlo dos veces me paro de la cama y me organizo para la aventura, termino de empacar maletas, bajo a desayunar. Ya en el punto de encuentro y listos para la partida estamos todos con mucha emoción, fotos, saludos, videos…¡ y arranca la aventura!  

Plano de unos 10 km y entramos al destapado; los profesionales van adelante y la emoción nos hace ir con ellos a un paso que no podríamos sostener. Se presenta la primera falla del día, daño de la válvula tubeless de la rueda delantera, mi poca experiencia en este tema me hace perder mucho tiempo tratando de entender que está pasando; Zulu, mi compañero de viaje, se detiene y me ayuda a poner un neumático para continuar. Sigo a mi paso, viene un descenso y nuevamente me pincho, desesperado trato de cambiar el neumático lo más rápido posible, pero nada me funciona, gasto una pipeta de aire y la llanta no me infla, me toca usar el inflador que no es para nada eficiente y la llanta queda con poco aire. Continúo a buen paso, disfrutando de los paisajes y cuidando la llanta porque ya no tenía más repuestos y faltaban unos 70 km para llegar a Monguí.  

Saliendo de una curva, se me resbala la bicicleta y voy al piso: un par de raspones nada más, pero la bicicleta tiene la cadena enredada entre el casette y los radios. ¡No podía creer el día que estaba teniendo! Siendo la primera etapa era desmotivante; arreglo la bicicleta y continúo. El recorrido del día era bastante exigente en el desnivel, pero hasta el momento no sentíamos aun que fuéramos subiendo, debíamos atravesar el páramo y a esta altura de la etapa aún se sentía mucho calor. Más adelante otro descenso con mucha piedra grande, me pincho por tercera vez, y no tengo nada qué hacer, trato de arreglar la llanta sin tener repuestos hasta que decido sólo sentarme y esperar que pasara el carro escoba para abandonar la etapa. En ese momento pasa Martín, otro competidor, se detiene y me pregunta si estoy bien, le digo que sí, que lo único que necesito es un neumático, y él me lo presta; puedo continuar, eso sí, muy despacio en los descensos. 

Empezamos a subir al páramo, un ascenso largo, frío y muy inclinado, con partes en donde es mejor caminar. Ya he parado con anterioridad a llenar las caramañolas y a comer algo, empieza a hacer mucho frío, pero el paisaje y la neblina hacen la subida mágica. Más adelante en una pequeña tienda, a unos 3.000 mts de altura, entro a llenar las caramañolas nuevamente, me encuentro con que sólo venden cerveza y gaseosa; no hay otra opción que llenar con gaseosa y continuar. Comienza a llover y todavía falta para llegar al alto, la velocidad no permite pasar más de cinco o seis km por hora. Uno se encuentra con otros ciclistas y solo hay aliento para preguntar: “¿cómo vas?”, después cada uno se pierde en la neblina y nuevamente solo.  

Corono el alto y comienza el descenso a Monguí, falta poco para terminar. Cansado, con frío, pero con la moral alta de llegar al destino del primer día. Comienza el último ascenso corto y tendido, son más de las 5:00 pm, y el atardecer convierte el ascenso en una postal rodeada de frailejones. Ahora sí, descenso final y ya veo a Monguí. No lo podía creer, la llegada fue emocionante, todos aplaudían y gritaban a los que fueran llegando. Arribo a las 6:15 pm, mojado, con frío y mucha hambre. Ya en el hotel, un baño de agua caliente, ropa seca, y a buscar comida. La señora del hotel nos pone la ropa al lado de una chimenea para secarla y me presta unos zapatos para poder salir a buscar lo que necesitaba para la etapa dos. Pizza y a dormir. 

Lunes 21 de febrero: Monguí- Villa de Leyva. La etapa menos dura de la travesía.  

Debido a que muchos ciclistas llegaron a medianoche la salida había quedado programada para las 8:00 am, y pudimos descansar un poco más. Organizando para salir, con toda la ropa seca, me doy cuenta de que mi rueda delantera está frenada, afortunadamente el mecánico estaba en el mismo hotel y me pudo solucionar.  

Esta es la etapa menos dura de todo la travesía, unos 2.300 mts de desnivel acumulado en 120 Km de recorrido. Sigo sin más repuestos de neumáticos, me toca hacerla sin nada y esperar que todo salga bien. El terreno amigable, se pudo disfrutar mucho más, pero nunca faltan los peros… la maleta que está en el sillín se me cayó en la llanta trasera, ¡por poco otra caída! Pude organizar la maleta y continuar, perdía tiempo pero ya solo quedaba disfrutar del paisaje boyacense. Iniciamos el descenso a Villa de Leyva. Llegamos temprano y pudimos almorzar con más calma. En el hotel, buen baño y a estirar un rato. Salimos a buscar un taller de bicicletas, porque estaban sucias y los cambios no funcionaban bien, afortunadamente encontramos uno, y pude conseguir repuesto, allí me pusieron la llanta delantera tubeless nuevamente. Ya en el hotel nuevamente a organizar la ropa del día siguiente, re-cargar ciclo computador y celular y a dormir. 

Martes 22 de febrero: Villa de Leyva – Pacho. Granizo, llovizna fuerte y padecimiento en manos y cuello, se retoma el camino a la infernal felicidad.   

Amanece muy azul el cielo, hay moral para esta etapa y ansiedad por llegar a Cundinamarca. Etapa de 150 km y 3.900 mts de desnivel. Salida rápida en pavimento, entramos al destapado y los paisajes no dejan de sorprender. Una recta eterna en gravel blanco, nos hace sentir en una carrera clásica de Europa. Parada en Susa a reabastecer líquido y comida para subir a otro páramo; la subida es muy tranquila, silenciosa, me encontraba con ciclistas de vez en cuando, clima perfecto. Arriba están los de logística y producción atentos para animar y sacar unas buenas fotos entre montañas de roca y neblina. Inicia el descenso largo con trayectos de piedras grandes, y empiezo a sufrir de las manos y el cuello, tengo que parar unas tres veces durante el descenso para descansar. La maleta se me daña del todo y se termina de soltar de la caña del sillín.  Nada qué hacer. Empiezo a subir otro premio de montaña y lo agradezco; pero, esta segunda subida es muy dura, inclinada y son unos 10 km aproximadamente, con un terreno de mucha piedra suelta.  

La subida cada vez se va envolviendo en una neblina espesa, los animales van cambiando a un pelaje más largo y la vegetación también cambia. Llego a San Cayetano y puedo encontrar una cuerda para amarrar la maleta a la caña nuevamente. Sabía que después venía el último descenso para llegar a Pacho, y que me iba a costar porque era largo y destapado. Me toca detenerme varias veces a descansar. A lo lejos se asoma el pueblo y detrás se ve una tormenta que se está formando de color casi negro; trato de avanzar lo más rápido posible para evitar mojarme, pero llegando comienza un aguacero que me deja empapado. A otros compañeros los cogió en la bajada con granizo y pantano. Llego. Ahí en el punto de arribo logro cambiarme por ropa seca; almuerzo, y para el hotel. Esa noche no me siento bien y no soy capaz de comer.  

Miércoles 23 febrero: Pacho –Honda. Ataca el dolor de estómago.  

Amanece frío, y toca ponerse chaqueta, zapatillas y guantes mojados. Nada qué hacer, toda la ropa está mojada. Ya sabía que iba a sufrir mucho en esta etapa por la cantidad de descensos en carretera destapada, subiríamos 3.700 mts, pero bajaríamos 5.000 mts en 140 km. Iniciamos en un ascenso de unos 10 km. No me siento bien del estómago, siento ganas de vomitar. Luego un descenso, muy agresivo, la carretera está en muy mal estado por las lluvias y algunas huellas de camiones, estuve a punto de caerme unas tres veces, lo que me hace bajar aún más despacio y empeorar mi cuello. Paro en Vergara con mucho dolor en la espalda, me tomo un Alka Seltzer para el estómago y sigo descendiendo hasta llegar a Tobia, lugar con una temperatura de unos casi 40 °C. Venía, una subida de 6 km a un promedio de inclinación de 14%. Pedalear con inclinaciones hasta de casi del 30% se vuelve difícil y hay partes donde es mejor caminar, adicional no hay sombra en el recorrido y el calor es agotador.  

En una curva veo una casa campesina y entro para pedir un poco de agua, el señor muy amable me presta una manguera y adicional tenía para la venta agua helada. Seguimos el camino en ese interminable ascenso y más adelante toca parar en otra casa, esta vez no había nadie, pero tenía un tanque de aguas lluvia, me metí de cabeza para refrescarme nuevamente. Coronamos la subida y paramos en una tienda en el pueblo a reponer comida y líquido. Salimos de ese pueblo y a seguir bajando, hasta encontrar un último ascenso y me recupero un poco de los brazos y el cuello. Llegando al alto seguimos hacia abajo para cruzar por Guaduas, y terminar con el último descenso de unos 20 km, pero pavimentados. Al llegar a Honda, registrar mi llegada y salir para el hotel a descansar, comer y bañarme. 

Jueves 24 de febrero: Honda – San Félix. Mitad del rally.  

Salida temprano por el calor del lugar. Serían 156 km y 5.000 mts de ascenso. Hay buena energía en el grupo, los profesionales tiran del lote hasta comenzar el puerto de montaña de 40 km hasta Manzanares. Una vez en la subida prefiero regularme y seguir a mi paso, paro en Victoria, ya en Caldas, y aprovecho para llevarme unas bolsas de agua en los bolsillos. La subida para mí fue la más bonita de todas y más cómoda de pedalear, lo que permite apreciar mejor todos los lugares. Carretera pavimentada con muchas curvas, pocos carros. Llego a Manzanares a buscar una comida abundante, porque el próximo pueblo es Marulanda que está a 40 km y no hay dónde comer. En Manzanares logro ingerir algo, recargo las caramañolas y me llevo una buena cantidad de bocadillos para el camino.  

Me encuentro con Zulu y nos vamos juntos cuesta arriba;  la carretera es destapada con piedras muy grandes, incómoda para andar, pero mientras conversamos vamos recortando kilómetros, hasta que muy arriba aparece una pequeña casa campesina donde vendían gaseosa y mecato, paramos y nos sentamos a tomar algo y a comer. El ascenso continúa y la vegetación y la temperatura ya van cambiando: se ven las palmas de cera, pasamos por una cascada increíble, y paramos a llenar los termos con agua cristalina. Comenzamos a bajar hacia el destino, con un poco de lluvia, Zulu se aleja, yo sigo sufriendo en las bajadas, pero al fin llegamos a San Félix. Pueblo frío y muy pequeño; nos sentamos a almorzar en un restaurante en el parque:  Ya en el hotel, no hay tiempo de lavar la bicicleta, el frio se acerca a los 9°C, solo nos damos un baño con agua caliente y nos acostamos bajo muchas cobijas.  

Viernes 25 de febrero: San Félix – Jardín. El dolor de cuello me lleva al límite de abandonar.  

Hace frio, aproximadamente 8°C, algunas cosas siguen húmedas. Mi cuello estaba muy adolorido. Salimos en ascenso, luego, inicia el descenso y no puedo levantar la cabeza del dolor y se me va entumecimiento el cuello. La única solución para poder mirar al frente es sentarme en la barra del marco y bajar muy despacio. En algunas partes tengo que parar para poder descansar el cuello, el dolor es insoportable. Llegando a Salamina, entiendo que mi carrera ha terminado, no puedo seguir con este dolor, y sabía que el descenso a jardín era largo y muy agresivo. no estoy disfrutando nada. Con lágrimas decido abandonar la etapa.  

Todo era tan frustrante que pensaba en irme para mi casa, me sentía como un perdedor. Paré y le escribí a un amigo para ver si me podía subir al carro que llevaban de acompañamiento. Altos Cycling inmediatamente pone el vehículo a mi disposición para subirme en la Felisa. Continúo hacia La Merced y paro a asimilar la decisión tomada y a comer algo, no quería irme de ahí, no podía creer que había tenido que abandonar por un dolor en el cuello. Llego a la Felisa y todo es un desorden con arreglos en la vía por lo que decido continuar hasta Supia, y es ahí donde me bajo de la bicicleta, km 81. Finalmente me recoge el carro y paramos cerca de Riosucio, acompañando a los ciclistas que estaban con Altos Cycling.  

A las 3:00 pm, decido tomar un bus de Riosucio a Jardín, la bicicleta la dejé en el carro acompañante y voy solo con mi maleta. El viaje transcurre con calma, hasta que aparece un camión de ganado obstaculizando el paso, se había quedado atascado por el pantano. Faltaban 19 km a Jardín y yo no podía creer lo que estaba pasando, parecía que no iba a llegar. Finalmente, el conductor del bus decide remolcar al camión y logramos pasar. ¡Por fin, a las 6:00 p.m. llego a Jardín! Acaba esta etapa. Me voy al hotel a bañarme y a secar ropa que tenía mojada del día anterior.  

Sábado 26 de febrero: Jardín – Urrao. Rendirse nunca, retroceder jamás.  

Amanece lloviendo, y, aun así, no sé por qué, automáticamente me alisto para salir a montar y tratar de hacer una parte del recorrido. Serian 149 km con 2.800 mts de ascenso. Desayunando me doy cuenta de que mi llanta delantera esta frenada, y el mecánico Wayne me cambia las pastas de los frenos y queda lista.  

Esta etapa era toda sobre pavimento, iniciaba en un descenso largo, nos fuimos agrupados hasta la base de la subida a concordia, hasta ahí me venía sintiendo bien, ya estaba descalificado de la general, y traté de subir con los profesionales, iba forzado, pero podía aguantar. Pensaba bajarme en Concordia, pero decidí seguir hasta Betulia. Estando ahí, paro a tomar algo y comer, cuando pasan Ardila y Thomas, ciclistas de origen italiano,  invitándome a irme con ellos. No podía dejar pasar esa oportunidad, seguía un ascenso duro de unos 10 km.  

Me fui con ellos, yo iba concentrado mientras ellos hablaban en italiano, me sentía en el Giro de Italia. Le dije a Thomas que si podríamos cambiar el jersey y de una dijo que sí. Más adelante me regaló un paquete de gomas, diciéndome “eso te cae bien”. Después viene el descenso y luego entramos al valle, les dije que por favor no me dejaran solo en ese plano, eran unos 30 km. Me llevaron a rueda hasta Urrao. No podía creer que había podido continuar en el recorrido. Estaba feliz como si ya se hubiera terminado toda la carrera. Nos sentamos a almorzar, y conversamos sobre lo que vivimos en esa etapa. Siguiente paso: baño con agua caliente, el día estaba frío y había llovido, por lo que tuvimos que poner la ropa a secar afuera de la habitación. Rumbo a buscar comida, y a descansar para el ultimo día de travesía. 

Domingo 27 de febrero: Urrao – Santafé de Antioquia. Lo más épico que he hecho en mi vida.  

Salida 7:00 am. Nos despertamos con mucha moral; empacamos y bajamos a desayunar, todo el mundo estaba contento de saber que sería la última etapa, y la más fácil de todas, en distancia y desnivel. Salimos y empezamos un ascenso de unos 20 km muy tendidos y un paisaje envolvente, algo de lluvia, pero nada nos iba a quitar la felicidad de este último día. Empieza el descenso a Caicedo, y aunque me incomodaba, de alguna forma lo estaba disfrutando, sabía que era lo último y había que aguantar.  

Finalmente, Caicedo, seguimos en descenso por pavimento, con partes destapadas. Un pequeño ascenso de unos 4 km para el descenso final. El terreno al final estaba un poco agresivo así que decidí cogerlo con calma. Salí a la vía principal, estaba a unos 10 km de la meta, y es cuando aparecen de atrás los que estaban disputando la carrera, unos siete corredores, que habían salido más tarde, y aprovecho para seguir en esa rueda hasta el pueblo, a unos 2 km de la llegada, pincho la llanta trasera, continúo hasta la entrada al pueblo con la llanta bajita de aire hasta que entramos al empedrado.  

No lo podía creer, había atravesado las tres cordilleras de Colombia en ocho días arriba de una bicicleta.  Mucha felicidad en el grupo. Increíblemente tenía un poco de nostalgia de saber que la aventura había terminado. Sin duda alguna es lo más épico que he hecho en mi vida y me deja muchas lecciones que nunca olvidaré. Gracias Transcordilleras.  

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