Ciclismo

Travesía Bogotá-Guajira 2015 en bicicleta 

Travesía Bogotá-Guajira 2015 en bicicleta “Si lo piensas, lo programas y lo sientes, lo podrás lograr”, dice Juan Carlos Pardo Lugo. Estas son las memorias de aventura de un rider que pedaleo solo desde la capital colombiana hasta las playas de La Guajira. 

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Primera etapa

Llevaba 11 meses cuadrando ese día: seis meses entrenando; dos meses súper juicioso con la comida y sin una sola ‘pola’. Contaba dos semanas sin dormir y dos días de dolor de estómago, exclusivamente generado por estrés, por miedo, por temores chimbos que se superan en los primeros kilómetros de pedal.

Salí de casa muy a las 5:30 a.m. La partida fue diferente a las demás veces que he tomado mi bicicleta para pedalear. Le di un beso más especial y un abrazo acompañado de lágrimas a mi esposa Cindy Pinzón y luego puse mi vida, mis pedales, mi bicicleta y mis pensamientos en manos de Dios y en compañía de mi padre, quienes desde el cielo me acompañaron en esta ruta.

Vivo en la vereda El salitre Occidental, del municipio de la Calera (Cundinamarca). Por eso el primer reto del camino era subir al alto de patios (3.022msnm) y ‘descolgarme’ para tomar la carrera séptima en Bogotá y bajar por la 76. Ahí llegaría al punto de encuentro con mi amigo y compañero de ruta, Orlando Blandón. El punto de encuentro acordado era la estacion de Transmilenio de los Héroes, a las 6:10 a.m.

Viajar solo

Cuando llegué, él estaba vestido de jean y llevaba su maleta de trabajo. No traía bici ni nada más. Solo una cara de aburrido con la que me dijo: “Viejo, lo lamento en el alma, pero me jodieron en el trabajo y no lo puedo acompañar”.

No supe que decir. Todo lo que había construido en el último año se vino al piso en dos segundos. Me baje de la bici y pensé tres cosas: Primero, cuando quise hacer esta ruta en enero, dos amigos me desanimaron. Segundo, a Cindy no le gustaba la idea de irme solo. Tercero, busqué otras personas para que me ayudaran a cumplir este sueño, pero, uno a uno, dieron un paso al costado.

Tenía dos opciones: devolverme para la casa o seguir mi camino hacia La Guajira.

¡Qué frustración tan horrible! Tantas noches de lectura de experiencias de otras travesías. De estudio sobre lo que debía o no comer para alimentarme. De entrenamientos; de tiempo invertido; de haber dejado mi familia, mi esposa y mi trabajo a un lado; de haberlo hecho todo para hacer de esto una realidad.

Decidí no poner mi sueño en manos de otros. El mundo podía venirse encima pero yo quería seguir. Y si no era en ese momento nunca tendría la oportunidad de volver a intentarlo.

Me levanté casi que llorando y le dije a Orlando: “Usted tranquilo que este es mi sueño. Yo lo pensé, lo programé y ahora también lo haré realidad. Gracias por su tiempo, su paciencia y por ser sincero conmigo, pero yo me voy para La Guajira”.

La salida

Tomé la Avenida 80 rumbo al occidente de la ciudad. Allí vi a otros ciclistas ciclistas esperando a su combo en el puente de Guaduas para dar una vuelta por La Sabana. Pensé que ellos tal vez ni se imaginaban que yo, en esta oportunidad, iría ‘un poco’ más allá.

Orlando no solo fue incondicional. Él jamás pensó en cancelar la travesía. Tanto que, desde lo más sincero de su corazón, me pidió seguir adelante. En ese momento supuse: “él se las arreglará con?Cindy Pinzón y Paola Torres”. Ya otro amigo me lo había dicho hace un año atrás:  “A esta travesía más de uno se anima, pero no todos lo logran. Por eso hay que pensarla, planearla y hacerla solo”.

Seguí con mis primeros kilómetros de asfalto por delante, sin miedo, sin temor y como con un toque de rabia. No sabía si debía informar o no que iba solo.

Me imaginé la cantaleta que me podrían dar todos los que leyeran mis post en Facebook al final del día, pidiéndome que me devolviera. Pero aun así, y desde un inicio, lo tenía claro. Debía ir a mi ritmo y de acuerdo con lo que había planeado. No estaba escapando de nadie ni cometiendo ningún pecado; solo hacía lo que me gusta: montarme en la bici y meterle kilómetros a la lata.

Llegando a Siberia pensé en cumplir un plan A (220 km diarios en 6 etapas). Luego pensé en un plan B (160 km diarios en 8 etapas). Hice memoria de todo lo que llevaba en mis alforjas y recordé haberle dicho a mi esposa: “No quiero depender de nadie ni del equipaje de otro”.

El Vino y Villeta

Pasé por El Rosal e inicié la subida al Alto de El Vino. Muchos ciclistas comunes me rebasaron. Yo solo pasé a un par de ellos. Cuando coroné el ascenso pensé en que estaba a 2849 metros de altura.

Me tomé un juguito y listo. La lluvia empezaba a caer. La niebla se juntó y yo no tenía visibilidad ni siquiera de dos metros hacia el frente. Pasé por San Francisco y La Vega. Entonces me alcanzó un ‘gordito querido’ que venía escoltado por su familia. Su nombre era Gonzalo y cruzó un par de palabras conmigo. Me preguntó si podíamos avanzar juntos.

Usualmente, no me gusta hablarle a nadie mientras pedaleo. Pero sus acompañantes venían cantando ‘La vaca Lola’, una canción infantil, en el carro, mientras él hacía muecas desde la bici. Así que la curiosidad me animó a entablar conversación. Cuando llegamos a Villeta, él mismo me pidió que escribiera en mis relatos sobre ‘el gordito querido’ que me acompañó durante casi 20 km de ruta.

En Villeta pregunté por la ruta hacia Guaduas pero terminé buscando una camioneta de platón para que me subiera hasta el Alto de Guaduas. Me advirtieron que la carretera podría ser muy peligrosa para los ciclistas.

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Una vez en Guaduas (km 135), logré hablar con Cindy. Le conté lo que pasó con Orlando. A la larga, ella sabía que nada me iba a detener. Me manifestó su yeyo y yo, el mío. Pero finalmente fue ella la primera en impulsarme a cumplir mi meta de los 200 kilómetros.

Tomé la Ruta del Sol para hacia Puerto salgar. Me quedaban 1.000 kilómetros por delante.  El agua ya empezaba a escasear y, tal como Cindy me lo advirtió, en esa carretera no había un alma. Pensé en que iba acompañado de Dios, del alma de mi Padre y de las buenas vibras que la gente me enviaba.

Pensé en que solo necesitaba recibir la fuerza y el apoyo de todos mis conocidos para seguir adelante. No debo pretender que otras personas estén obligadas a creer en mis sueños, solo demostrar que puedo cumpliros. Seguí con la intención de pedalear a mi ritmo, al que me dieraon las piernas.

En Puerto Salgar, esperaba levantarma a las 4:00 o 5:00 a.m. para continuar la travesía.

Ya nada podría evitar que llegara a La Guajira.

 

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