La llegada de la freidora sin aceite prometía revolución, salud… y montañas de patatas bien doradas. ¿Realidad o espejismo crujiente? Aquí mi odisea culinaria, plena de expectativas, desilusiones… ¡y redescubrimientos!

El inicio de la aventura: en busca de una opción más sana

En 2012, al mudarme, la primera gran cuestión doméstica fue: ¿friteuse sí o no? Como la mayoría, quería encontrar una alternativa más saludable y fácil de limpiar que la clásica freidora de aceite. Así que, ilusionado, rechacé el baño aceitoso de las tradicionales y dirigí mi atención a opciones supuestamente más modernas y benévolas para mi cuerpo (y mi tiempo).

Mi primer intento fue la archiconocida Seb ActiFry. Pero rápido me topé con problemas nada anecdóticos:

  • Un precio considerablemente alto para la época
  • Capacidad limitada a 1,5 kg de patatas (y en casa somos cinco… ¡las cuentas no cuadraban!)
  • Un tiempo de cocción que rozaba los 40 minutos… ¡Una eternidad para unas simples patatas!

Por ello, fui aún más allá en mi búsqueda y me dejé seducir por el primer modelo Airfryer de Philips. Se describía (quizás a la ligera) como “freidora sin aceite”. Pero mi experiencia iba a poner esa etiqueta en duda…

El mal encuentro con las patatas frescas (y el armario como destino final)

Apasionado de las patatas fritas frescas, puse a prueba el Airfryer con toda la emoción de un niño con juguete nuevo. Nada falló en la cocción, pero al probar el resultado, la decepción fue amarga. Las patatas, aunque bien doradas, distaban mucho de estar fritas; la textura era dura, casi de cartón.

Lejos de dejarme vencer, probé de nuevo con otra tanda de patatas frescas, esta vez embadurnándolas previamente con aceite en un bol. Probé varias cantidades… pero todo siguió igual: palitos quemados en los extremos y crudos por dentro. El crujido dorado y delicioso de la fritura tradicional resultó ser misión imposible. Y encima, ¡el tiempo de cocción era aún mayor! Mi apuesta por lo saludable terminó en un fracaso estrepitoso.

Quise encontrar al culpable de semejante fiasco y decidí apostar por lo industrial: un paquete de patatas fritas congeladas del supermercado. Y aquí la cosa cambió. Una vez cocinadas, éstas sí se parecían a las patatas que tanto ansiaba, nada que ver con mis palitos de cartón. Fue así como, resignado, guardé mi Airfryer en el armario —al menos por un tiempo.

Reconciliación oriental: el Airfryer como aliado inesperado

Diez años atrás, las freidoras sin aceite eran casi unos desconocidos y las recetas para ellas, escasas. Así que mi Airfryer pasó varios meses acumulando polvo. Hasta que algo cambió tras una charla con mi madre, gran aficionada a un hipermercado asiático donde suele comprar bandejas de 50 nems para freírlos en aceite.

Fiel a mi objetivo de cocinar más sano, probé los nems en el Airfryer. ¡Y funcionó! Si bien no quedaban tan crujientes como fritos en aceite, sí resultaron especialmente sabrosos. Dejé de cocinarlos en el horno para pasarlos al Airfryer, que ofrecía varias ventajas:

  • Calienta mucho más rápido
  • Agitar el cestillo es mucho más sencillo y permite una cocción más homogénea
  • El tiempo de preparación se reduce considerablemente

Animado por este éxito, me lancé a experimentar con otros alimentos ya preparados: tempuras de gambas, nuggets de pollo, potatoes, tortitas de patata… y todo ello sin añadir una gota de aceite. Estos productos industriales, ligeramente engrasados de fábrica, funcionan sorprendentemente bien en el Airfryer.

Al cabo de 12 años (y mucha terquedad de mi parte), descubrí que el Airfryer era mucho más útil para estas preparaciones que para las patatas frescas. Resulta gracioso comprobar que hoy, en 2024, el marketing de estos aparatos va justo en esa dirección: los fabricantes ahora recalcan sus múltiples usos, mucho más allá de la simple “fritura sin aceite”.

Un equilibrio sabroso: convivencia pacífica de dos mundos en mi cocina

Después de una década, mi Airfryer es hoy un electrodoméstico de apoyo, ideal para recalentar comidas ya preparadas más rápido que el horno y de forma más jugosa (menos seca). La promesa inicial —unas patatas “fritas” frescas idénticas a las hechas en freidora tradicional— quedó en el olvido, pues nunca obtuve buenos resultados. Por eso, acabé comprando una freidora de aceite clásica para disfrutar mis patatas frescas con el pollo del domingo. Ahora, ambas máquinas conviven bajo el mismo techo y… ¡la vida (y la mesa) es más feliz así!

Consejo final: Si tu Airfryer no ha cumplido tus sueños con las patatas frescas, no lo relegues aún; puede redimir su honor con otros alimentos. Y si eres incondicional de las frituras clásicas, ¡quizá haya sitio para dos reinas en tu cocina!