¿Pensabas que los grandes platos nacen en palacios? ¡Pues no! El kig-ha-farz, rey humilde de la cocina bretona, ha pasado de ser el “plato del pobre” a conquistar los menús más prestigiosos y los corazones (o mejor dicho, los estómagos) de los más exigentes. Y sí, su nombre es tan único como su sabor: la “G” de “kig” se pronuncia entre una “K” y una “G”, mientras que la “Z” de “farz” suena casi como una “S”. Pura musicalidad bretona para abrir el apetito.

De la sencillez campesina al estrellato culinario

Originalmente, el kig-ha-farz era una receta tan modesta como sabrosa. Compuesto de tocino, algunas verduras (zanahorias y repollo) y far negro o blanco, fue durante mucho tiempo conocido como el plato de los pobres. Pero, como los buenos cuentos, donde los humildes acaban en la cima, hoy el kig-ha-farz es celebrado en todo Finisterre y más allá.

  • El far blanco, conocido como farz gwen, se prepara con harina de trigo.
  • El far negro, el famoso farz sac’h, usa harina de trigo sarraceno (el llamado trigo negro).

Ambas masas se unen con mantequilla, huevos, un poco de leche o nata, azúcar y, para el far blanco, uvas pasas. El resultado: dos masas diferentes, que prometen arrancar suspiros a cualquier comensal.

El ritual de cocción: paciencia y sabor

No es solo lo que lleva, sino cómo se hace. Los dos fars se colocan en bolsas especiales y se cocinan en la misma olla que la carne y las verduras. Sí, todo junto: una convivencia sabrosa.

Al final, puedes desmenuzar los fars para obtener un farz bruzunoc (algo así como una textura desmigajada y deliciosa) o cortarlos en rodajas, según prefieras. Y aquí va el truco de abuela auténtica: hay quien deja cocinar los sacos 3 o 4 horas, ¡y degustarlo al día siguiente —o incluso dos días después— es todavía mejor! Igual pasa con el farz: el reposo sólo lo mejora. Por algo las abuelas siempre tienen razón, ¿no?

Cada quien a su gusto: tradiciones y variaciones

En la cocina, cada uno es rey o reina de su cacerola, y el kig-ha-farz lo sabe. ¿Por qué quedarse con la receta tradicional cuando puedes reinventarla? Algunos le añaden salchichas bretonas junto a las carnes, otros incorporan trozos de panceta a la famosa salsa lipig. ¡El límite lo pone tu antojo!

Y si cocinar no es lo tuyo —o ese día prefieres menos trabajo—, hay opciones de sobra:

  • Platos listos para llevar en los mercados bretones,
  • En algunos restaurantes, opción para llevar,
  • E incluso… ¡puedes pedir un kig-ha-farz de calidad en línea y te lo entregan en casa!

Así que no hay excusa para no disfrutarlo, estés donde estés.

Kig-ha-farz: dónde saborearlo como manda la tradición

Por supuesto, la experiencia suprema es saborear el kig-ha-farz en su tierra natal. Finisterre presume con orgullo de sus templos gastronómicos llenos de tradición, como el Jardin de l’aber en Brélès, o Le puits de Jeanne en Plouegat-Moysan.

Quienes quieran ampliar el mapa pueden dirigirse a muchos otros restaurantes en Côtes-d’Armor o incluso hasta Rennes. Merecen la visita, palabra de paladar feliz. Así que si tienes la suerte de encontrarte por estos lares, lánzate a descubrir el kig-ha-farz y deja que te conquiste.

¿Quieres darle el toque final? Acompáñalo con un pastis redondito y de carácter como el Ty Jaune, ese anís reinterpretado al estilo armoricano, que sabe aún mejor fresco bajo la sombra de un menhir. Y si quieres presumir, la botella-vaso serigrafiado al estilo de À l’Aise Breizh es puro espíritu Phare Ouest en la mano. Para saborearlo bien frío —o para regalar y provocar una explosión de orgullo local—, no hay fallo.

Consejo final: No dudes. Prueba este plato maravilloso, déjate sorprender y, si te animas a cocinarlo, hazlo a tu manera. Porque si el kig-ha-farz ha llegado tan lejos, es porque en la cocina bretona, como en la vida, la tradición y la creatividad van siempre de la mano. ¡Buen provecho o, como dicen por allá, Kalon vat ha Kentañ tro!