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Cumbres míticas de Colombia

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Tres puertos que debes subir antes de morir

Estas son las cumbres míticas de Colombia. Especial de tres ediciones en Revista MyBike. En Colombia también existen puertos de leyenda. Subidas exigentes que han dado fama y nombre a grandes ciclistas y que han sido definitivos en las mejores versiones de la ‘Vuelta a Colombia’ o el ‘Clásico RCN’, las dos grandes carreras del ámbito nacional.

Pero a diferencia de lo que sucede con los puerto míticos europeos, los de Colombia tienen un tinte salvaje y extremo: son ascensos en los que la altura que se alcanza supera las cumbres alpinas; trayectos en los que el ciclista experimenta cambios drásticos de clima y temperatura; y subidas prolongadas y empinadas que pueden dejar sin aliento a quienes se atreven a cruzarlas.

Todas las carreteras del país que atraviesan las montañas tienen esta característica. Pero cuando le preguntamos a Álex Carreno, colaborador de Revista MyBike y de la reconocida página de internet ‘Altimetrías de Colombia’ sobre cuáles eran los tres puertos más exigentes de Colombia, él que los ha recorrido, enumeró la siguiente lista: “Minas desde La Pintada, La Línea desde Calarcá, y Letras desde Mariquita”.

¿Qué convierte a estos tres recorridos en los ‘Puerto Míticos de Colombia’? Este especial de tres ediciones de MyBike busca responder esa pregunta, apelando a la experiencia de los ciclistas aficionados, los mapas de carretera y el juicio de los expertos.

El Alto de la Línea

Vía: Calarcá (Quindió) – Cajamarca (Tolima). 

El alto de la Línea es temido no solo por los ciclistas, sino también por los viajeros motorizados: los casi 21 kilómetros que parten desde Calarcá hacia la cima del alto están plagados de rampas que superan el 10% de inclinación. Las curvas de herradura, en las que la pendiende obliga a los camiones que descienden a detenerse para darle paso a los que suben, son una constante hasta la cima. En el camino es una característica común encontrar carros recalentados; motos que suben casi chillando por el esfuerzo y tractomulas que van a paso de ciclista.

El clima cálido del pie de puerto se va diseminando kilómetro a kilómetro hasta llegar a un ‘encortinado’ de niebla que caracteriza a la cima. La señal de teléfono, radio o televisión es nula en la corona de la montaña. Y el ciclista, debe concentrar sus esfuerzos en pedalear con paciencia.

Quienes acuden a pedalear este puerto por primera vez pueden contemplar la posibilidad de bajar el número del plato pequeño de su bicicleta y tener un piñón de dientes adicionales en el casete. La combinación 30×26 o 32×28 puede ser una alterntiva, si es que no lo es una de mayor cadencia.

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El día que conquistamos ‘La Línea’

Por: Wilson Martínez López

“¡Es una locura!”, manifestaron amigos, ciclistas y no ciclistas, cuando propuse ir pedaleando desde nuestro pueblo hasta el Alto de La Línea. Y semejante chifladura, según ellos, estaba sustentada por los 360 Km y dos mil metros de elevación que enmarcaban la hazaña.

Pero la locura colectiva que genera el ciclismo hizo que un grupo de 11 aficionados a este deporte alistáramos nuestras piernas y corazones para afrontar el gran reto en dos días. Es así como, desde el corregimiento El Placer en El Cerrito Valle del Cauca, salimos primero en busca de Armenia, ciudad que estaba alterada y vestida de tricolor, porque ese día debutaba Colombia en la copa América de fútbol 2015.

Al día siguiente y con ‘la tusa’ que generó la derrota de nuestra selección, madrugamos para ir hasta el municipio de Calarcá y emprender el ascenso al alto de la Línea. Con anterioridad habíamos estudiado el recorrido y la elevación, pero en Google no se puede prever la sensación sobre la bicicleta.

Llegado el momento, la inclinación del terreno hizo aumentar la frecuencia cardiaca, el plato pequeño y el piñón más grande fueron la constante ciclística para momentos difíciles, que no impidieron disfrutar de un paisaje maravilloso alrededor de las construcciones del proyecto del ‘Tunel de La Línea’.

Mientras avanzábamos, las corrientes del viento nos empujaban por ratos. Y en la mayoría de las veces trataban de detener nuestro avance, como si la inclinación de la carretera no fuera suficiente. Más adelante, entre la neblina, unos ciclistas de Montenegro anunciaban que restaban 4 kilómetros para llegar al alto. Y aunque las fuerzas se iban acabando y el frío penetraba hasta lo más profundo, sacaba mi cámara para registrar los mejores momentos y compartirlos con todos mis amigos.

Siguieron curvas y más curvas y de frente las farolas de los carros marcaban el camino, pues una cortina blanca se apoderaba del paisaje. La visibilidad era poca.

El camino continuó hasta que escuché a mis compañeros, porque no los veía, aplaudiendo y gritando porque había llegado al alto y no me daba cuenta. Y aunque el cansancio y el frío eran grandes, el calor de la amistad y la alegría de una meta cumplida los contrarrestaron. Así que ya cumplido nuestro objetivo y después de probar en el alto una aguapaneala con queso y una arepa de choclo calentitas, emprendimos los 180 Km de regreso a casa en bicicleta.

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